jueves, 5 de noviembre de 2009

Episodio CVII

Sabía que el día que tuviera que escribir este capítulo me costaría la de Dios y desearía no haber empezado nunca Los Caballeros, pues después de conocer a Mesa, publicar este capítulo fue una de las razones de la existencia de esta historia. Y nada más lejos de la realidad, han sido muchas semanas de investigar, de preguntar, de recordar, y finalmente de juntar todo lo conseguido, y aquí estamos para juzgar los resultados.

Título: Turn Back The Pendulum 3 (Mesa)
Tamaño: Su Puta Madre de Grande ==> 19'3
Dedicado: A todos los ex-alumnos de Enrique Mesa, y en especial, a los compañeros de aquél auténtico 1º E

Agradecimientos a:
  • Jon
  • El Cubano
  • Wancho
  • Óscar
  • Ronald
  • Miguel Ángel
  • Paula
  • Beatriz
  • Suso
  • Abelardo
  • A todos los que no borraron el blog y pude leerme su Crítica a la Clase de Filosofía, escrita hace 5 años, que me ha servido para recordar muchas cosas (que paliza me he dado...)
  • Y a mi yo de hace 5 años, por guardar los apuntes de Filosofía de 1º de Bachillerato xD al igual que a mi yo de hace 2, por escribir la ficha del personaje Mesa de una manera tan detallada y poniendo las frases clave en cursiva, me ha facilitado mucho buscar la información xD
Vuestro apoyo no ha sido en vano, y la espera tampoco, a pesar de que siempre creí que nunca sería capaz de escribir este capítulo a la altura de mis propias expectativas y de las de los demás, las horas de investigación, de hacer memoria, de realización y por que no, también de diversión. han dado un excelente resultado, os dejo con el que para muchos será, el mejor capítulo de Los Caballeros.

Y este finde, el 108.

Algunas fotos de los protagonistas más representativos del capítulo que no han aparecido nunca en la saga:

Fernando:
Simón (derecha):
Irene (única mujer en la foto):
Y la foto más actual del Mesa:


El resto de personajes salen en el arco argumental normal de Los Caballeros, salvo Jorge Alonso y David Rodrigo, de los que no se tiene foto. Las fotos y nombres de personajes del resto pueden ser encontradas en los documentos oficiales destinados para el efecto, como el Sumario de Personajes o los créditos al final de cada volumen.


Episodio CVII

E
ran las 8:24 de la mañana cuando un autobús verde se detuvo delante de una de sus paradas, señalizada por una marquesina de color rojo. La puerta lateral se abrió y un montón de jóvenes cargados con sus pesadas mochilas a la espalda bajaron del transporte público. Por último, unos brillantes zapatos negros pisaron el suelo de la calle. El autobús cerró sus puertas y se marchó dejando una estela de dióxido de carbono a su paso. Cuando el autobús partió, esos zapatos comenzaron a caminar calle arriba, siguiendo al cúmulo de jóvenes. Encima de aquellos zapatos había unos pantalones de un traje negro perfectamente conjuntado con una camisa blanca, una chaqueta del mismo color que los pantalones, y una corbata con el estampado de  la cabeza de un extraño monstruito peludo de color azul.

De haber sido la primera vez que aquel hombre pasaba por allí nadie se habría imaginado como alguien tan arreglado y formal podía estar caminando en la misma dirección que un grupo de vástagos de temprana edad. Sin embargo, así era, y no sólo eso, sino que además todo el mundo allí parecía conocerlo perfectamente, puesto que era raro el que pasaba por su lado no le saludaba y le era devuelto su saludo.

“Buenos días” escuchaba de cualquier muchacho y lo mismo repetía. Siempre con una mirada firme y formal, como si fuera capaz de controlar cualquier situación y nada lo perturbase.

Continuó subiendo la cuesta saludando a todo aquél que conocía, mientras a su izquierda aparecía un edificio de ladrillo tras una valla blanca. Al avanzar un poco más, la calle volvía a ser cuesta abajo, y en el punto de inflexión se encontraba la entrada a ese edificio, no sin antes atravesar un pasillo cuesta arriba al aire libre, delimitado por barandillas y con una cubierta metálica en lo alto que actuaba como techo.

Al entrar en el edificio descubrió que todo su interior era blanco. El hall de la planta baja se bifurcaba en dos pasillos, uno a la izquierda y otro de frente. El de la izquierda estaba lleno de adultos, y un aroma a café salía de una de sus salas, mientras que el otro estaba lleno de jóvenes hablando mutuamente. Una escalera medio de caracol se levantaba en mitad de la entrada, dando acceso a dos plantas superiores.

El hombre con traje tomó el pasillo de la izquierda, y avanzó hasta la habitación del fondo, que parecía ser la sala oficial de todos aquellos adultos. Cuando entró, no más de tres personas le saludaron, de los más de veinte que allí se encontraban, mientras que el resto se dedicó a mirar para otro lado o a cuchichear entre ellos. Haciendo caso omiso de los que tenían cierta carencia de educación, devolvió el saludo a esas tres personas, una mujer muy delgada con el pelo castaño anaranjado y con pecas, un hombre joven, algo bajito, con el pelo corto y negro y la cabeza redonda, y un segundo hombre, mucho más viejo que él, con tripa, que vestía con ropas de pueblo, boina y llevaba un par de puros en el bolsillo de la camisa. Abrió su maletín encima de una de las mesas, seleccionó unos cuantos documentos y el resto los dejó guardados en la sala. Cuando estuvo preparado se fue, despidiéndose únicamente de aquellos que le habían saludado.

Salió de la sala y recorrió de nuevo todo aquél largo pasillo hasta llegar a la escalera, subiendo hasta la planta más alta, en la que había dos pasillos llenos de aulas con jóvenes disfrutando de sus últimos instantes de libertad. Cogió el pasillo de la izquierda, y en algunas de las aulas por las que pasaba, la clase ya había comenzado.

“El proyecto de tecnología de este año será una casa ecológica que tendréis que construir vosotros con maderas, añadirle un motor eólico un calentador solar térmico…” decía una mujer en una de aquellas aulas.

“Noooooo” se derrumbaron los alumnos al ver la que se les venía encima.

En otra, un hombre con mucha tripa, el pelo moreno a media melena y barba de dos días, repartía unas hojas de papel a los jóvenes, que estaban sentados individualmente.

“Examen A, examen B, examen A, examen B – decía mientras repartía – ¡C!” le dijo a una joven afortunada.

Los compañeros compararon las preguntas mientras el hombre repartía por el otro lado de la clase y se dieron cuenta de que todas coincidían.

“Profesor – le dijo uno de sus alumnos – Los exámenes son todos iguales”.

“Sí, –  contestó – Pero no se lo digáis a nadie”.

Nuestro hombre con traje llegó por fin a su destino, el primer aula a la izquierda, etiquetada como 1º E. Al acercarse, los pocos alumnos que había alrededor de la puerta entraron antes que él, y fueron colocándose en sus sitios sin dejar de conversar entre ellos. Mientras tanto, el hombre con traje dejó sus cosas sobre la mesa del profesor y sacó un pequeño aparato electrónico azul con el que se dispuso a pasar lista.

“¿Jorge Alonso?”

El joven levantó la mano sin decir una palabra, y su comportamiento hacía ver claramente que tenía problemas de comunicación.

“¿Roberto Asín?”

“Sí”.

“¿Pablo Arias?”

“Yo”.

“¿Laura Caballero?”

“Sí”  dijo con un tono que parecía afónica.

“¿Óscar Camacho?”

“Aquí” dijo a la vez que levantaba la mano para que localizase su posición.

“¿Jesús García?”

“El mismo…”

“¿Ronald George?”

“Yes…”

“¿José Miguel Gómez?”

“Yo”.

“¿Adrían López?”

“Aquí”.

“¿Víctor Macho?”

“Sí”.

“¿Irene Méndez?”

“Yo” dijo mientras le daba la mano a Óscar, quien se sentaba a su lado, por debajo de la mesa.

“¿Simón Meyer?”

“Sí”.

 “¿Marta Naranjo?”

“Aquí”.

“¿Juan Manuel Orzaez?”

“A la escucha”.

“¿Alejandro Quesada?”

“Presente”.

“¿Rubén Rodríguez?”

“Sí”.

“¿David Rodrigo?”

“Sí”.

“¿Miguel Ángel de la Rosa?”

“Yooo”.

“¿Jon Sanz?”

“Yo” dijo y hubo un pequeño murmullo de risas en el aula.

“¿Paula Sansans?”

“Aquí”.

“¿Beatriz Serrano?”

“Sí”.

“¿Fernando Vega?”

“Sí”.

Dejó el extraño aparatito en la mesa de nuevo y vio que los alumnos empezaron a hablar de nuevo entre ellos, por lo que se retocó el traje, cogió aire y comenzó a hablar.

“¡Atención! Queridos niños, queridas niñas, y público en general. Pensando vosotros cuanto aprendéis a mi lado, pensando yo qué razón tenéis, estábamos aquí reunidos viendo no sé qué… ¡Ahhh! ¡Sí! – Exclamó con entusiasmo – ¡Mañana tenemos el examen final de la asignatura! ¡Y hoy es la clase para preguntar dudas! ¡Recordad que habrá dos tipos de examen, uno para los que hayáis suspendido alguna o varias evaluaciones, y otro para los que tengáis todo aprobado! Y el que no apruebe ese examen, no aprueba la asignatura… Y lo más importante, yo no os voy a aprobar en la vida, ni en junio, ni en septiembre, a mí me pagan para que apruebe de 5 para arriba, y un 4’75 no es un cinco, y un 4’9 tampoco. Tenéis que aprobar vosotros. Así que a preguntar”.

“Yo tengo una duda con lo del ello, el superyó y de lo del amor, no lo entiendo muy bien” se atrevió a preguntar Marta.

“Bien, volveré a explicar el ejemplo que os puse la otra vez – pinta un monigote en la pizarra – Aquí tenemos al típico chulo de discotecas, con sus piercings, sus pendientes – dibuja pequeños círculos en varias partes del cuerpo del monigote – y todo eso. Y aquí tenemos a la típica chula de discoteca, también con sus pendientes, sus piercings y todo – vuelve a dibujar otro monigote prácticamente igual al anterior, pero con el pelo largo – ¿Qué les dice el ello? Recordad que el ello busca el placer, y el placer es evitar la tensión. Cada uno busca utilizar al otro para satisfacer sus necesidades sexuales, pero el superyó, que es la moral interiorizada, les impide hacerlo directamente. ¿Qué hacen, entonces? Sublimar, que era transformar lo que te pide el ello en algo socialmente admitido. Y así sale el amor – termina pintando un corazón entre ambos monigotes – ¿Ya lo entiendes?”

“Sí, gracias”.

“¿Puedes dar la luz, que no se ven bien los dibujos y no puedo copiarlos?” dijo su compañera Paula.

“Por supuesto – aseveró y se acercó al interruptor y dio la luz, pero no funcionaba, a pesar de que jugó a encender y apagar el interruptor varias veces – Vaya, parece que no hay luz, voy a ver si me dicen algo en conserjería”.

Se fue de la clase y volvió a los pocos minutos, trató de dar la luz de nuevo y seguía sin funcionar.

“Parece que no te han hecho mucho caso” dijo Fernando.

“Es que iba de tu parte” le contestó con total normalidad.

“Uuuooooooohh, qué mal le ha dejado” pensó Rubén.

“Dudas, inquietudes, comentarios, alabanzas al profesor, poemas escritos por vosotros” incitó a preguntar a los demás.

“Yo tengo una duda de Rousseau” dijo Pablo.

“¿De Juan Jacobo Rousseau? Dime”.

“Jajajaja,” rió alguien espontáneamente.

Todos giraron la cabeza hacia el mismo sitio, como si ya supieran de entrada de quien se trataba.

“¿Qué te pasa Jesús? Cuéntanoslo a todos” le dijo el profesor.

“Jacobo… Cuanto más grande, más bobo…” consiguió decir sin parar de reírse, y toda la clase se rió también al escuchar su gracia.

“Y después de este paréntesis, escuchemos la duda de vuestro compañero”.

“No es duda en concreto, es que no le entiendo”.

“Lo que te dice Rousseau es que el mal del ser humano es la propiedad privada, pero que es necesaria para vivir en sociedad, y por eso se hace un contrato social en el que se expresa la voluntad general, y cuidado, que no es la suma de voluntades del sujeto, sino la del colectivo”.

“Vale, si es eso, ya lo entiendo”.

“Más…”

“¿De los sueños que hay que decir?” preguntó Quesada.

“Pues lo que os dije. Os daré un texto con un sueño del libro de Freud, y todas las formas fálicas que aparezcan hacen referencia al órgano genital masculino, todas las formas convexas al órgano genital femeninas, y todos los actos que requieran una penetración, como introducir una llave en la cerradura o abrir y cerrar una puerta muchas veces, hacen referencia al acto sexual. Y de acuerdo a todo eso, explicar el sueño”.

“Vale, comprendido”.

“Más dudas… – preguntó pero nadie contestó, todos se miraban unos a otros – Recordad que no entra sólo lo que sale en los apuntes, cualquier cosa de la que hayamos hablado en clase entra en examen, como quien fue el primero en dar la vuelta al mundo, que lo comentamos en clase”.

“¡Willy Fogg!” exclamó Adrián para hacer la gracia.

“Entonces – preguntó Irene – ¿Puede entrar una pregunta sobre lo que hablamos de los gays?”

“¡Eso es una enfermedad! – exclamó Vega espontáneamente – ¡Que lo sé yo!”

Toda la clase empezó a reír, salvo una persona, que se mantuvo en silencio, pasando inadvertida ante las risas de los demás y observó con odio al compañero que había hecho ese comentario.

“Pero se puede curar, ¿no?” preguntó Vega de nuevo y todos continuaron riendo, incluyendo al profesor.

“Sí, Fernando, claro que se puede, sí… Por eso les dejan casarse, para que se les pase” le dijo su compañero de al lado mientras seguía riendo.

“Este país se va a la mierda…” dijo David Rodrigo por lo bajo, ocultando su comentario entre las risas de los demás.

“¿Qué has dicho?” dijo el profesor y todos se callaron y la clase entera le miró.

“Nada” trató de disimular.

“Que qué has dicho” insistió.

“Que este país se va a la mierda” terminó diciendo Laura, al ver que la supuesta valentía de su compañero de decir el comentario en privado se había vuelto miedo de decirlo en público.

“Bien, pues los comentarios neonazis, te los guardas para fuera, o para donde quieran oírlos, pero en mi clase no, ¿entendido?”

“Va… Vale” tartamudeó acojonado.

Se dispuso a continuar con la clase, pero los alumnos notaron que algo había llamado su atención, pues su mirada se había centrado en un punto y tenía una expresión de sorpresa en su rostro. Todos miraron hacia donde él miraba, y descubrieron que Jesús se había quedado dormido sentado en la silla.

“Jesús… Despierta…” le susurró el profesor y todos rieron.

“Perdón…” Se disculpo después de que las risas hicieran que se despertara de un sobresalto.

“¡¡¡Mesa cabrón!!!” se escuchó desde el pasillo seguido de unas risas y personas corriendo.

Los alumnos esperaban algún tipo de reacción en el profesor, pero él se puso a continuar la clase.

“¿No te importa que te insulten?” preguntó Simón.

“No, ¿y sabes por qué? Porque ellos ya han perdido. Toda la gente como ellos, ¿dónde acaba? Ya lo sabéis, tenéis amigos que van por ese camino, y sabéis como van a terminar, porque… ¿Qué es la vida sin la enseñanza, Victor?”

“Un desierto” contestó como si no fuera la primera vez que le hacían esa pregunta.

“¿Y qué es este instituto?”

“Un oasis”.

Tras este pequeño paréntesis para amenizar, se percató de que uno de los alumnos estaba pintando en la mesa.

“¡¡Jose Miguel!! –gritó con la mayor expresión de sorpresa que pudo – ¡¡¡¡¡¿No estarás pintando en la mesa?!!!!!”

“No, no…” dijo mientras borraba lo poco que había escrito con el dedo.

“¿Te arrepientes?”

“Sí, sí…” asintió cabizbajo.

Después de aquella pequeña llamada de atención, notó que los alumnos empezaban a desmadrarse, amenazando con hacerle perder el control. Se quedó callado unos segundos, y al ver que no se callaron, habló él.

“Hagamos un breve paréntesis psicopedagógico”.

Aquella frase cayó el murmullo, pero ya era demasiado tarde.

“¿Quién os va a corregir el examen del próximo día? Yo, ¿no? Y si ya tenéis pocas posibilidades de aprobar si lo corrijo con cierta predisposición positiva, imaginaros cuantos podéis aprobar si lo corrijo con predisposición negativa”.

Aquellas palabras crearon un silencio tan sepulcral que se volvió incómodo, y el profesor tuvo que volver a sacar otro tema para aliviar un poco la tensión.

“¡Ah! No os lo he dicho, me voy a presentar a director del instituto, y mi compañero Mario será Jefe de Estudios”.

La declaración fue tan repentina que los alumnos se quedaron callados, asimilando como ejercería de director una persona tan pintoresca.

“Y mi primera medida será poner uniforme a todos los alumnos – Toda la clase le abucheó – Un momento, no es para que los padres ahorren ni por capricho, sino para evitar los guetos, ¿sabéis que los diferentes guetos se distinguen por la ropa que llevan entre otras cosas, no? Pues el objetivo es enseñarles a los alumnos que aquí dentro son todos iguales”.

“Pero eso atenta contra la libertad de expresión” dijo Simón.

“¿Qué libertad de expresión? ¿Os habéis creído que todo eso de que somos todos iguales? ¿Soy yo igual que vosotros? ¿Sois vosotros iguales entre vosotros o entre vuestros amigos?”

“No…” confirmaron con unanimidad.

“Pues eso. Y mi segunda medida será, en verano, mandar a las niñas a su casa a vestirse”.

Aquella medida sí que produjo un abucheo generalizado de todos los alumnos, que se oponían totalmente a su decisión.

“Pero vosotros, ¿no os habéis fijado en que las niñas vienen desnudas en verano a clase?”

“¡Exagerado!” gritó una voz perdida.

“Y lo peor no es que vengan desnudas aquí, es como van, mejor dicho, como las obligan a ir, en el trabajo. A mí, personalmente, que una camarera me sirva las copas medio desnuda me sienta mal”.

“Pues a mí no” dijo Ronald.

“Una vez, una camarera me sirvió una copa y le dije, se te ha olvidado algo, vestirte. Y me miró mal” dijo y todos rieron.

El timbre que marcaba el final de la clase sonó por todo el pasillo, dando lugar a un pequeño revuelo en las otras clases, sin embargo en 1º E todos se quedaron en su sitio, riendo, como si no quisieran que la clase terminara todavía.

“Y lo último que os puedo decir, mañana empieza mi taller en contra del acoso escolar”.

“¿Ha dicho acoso escolar?” pensó Rubén.

“Bueno lo dejamos aquí, os veo el próximo día en el examen, y que no se os olvide que la semana que viene es la fiesta de los pastelitos. Y el próximo día, ¡más!”.

El profesor salió del aula y los alumnos no tardaron en levantarse para hablar entre ellos. El chico con problemas de comunicación se quedó en su mesa escribiendo las palabras Árbol Muy Congelado en una hoja de papel infinidad de veces. A Miguel Ángel le faltó tiempo para lanzarse a los brazos de Marta y Óscar e Irene, que se sentaban juntos, solo tuvieron que girar la cabeza y besarse. Después, Óscar recordó las últimas palabras de Mesa y reaccionó.

“¡¿Pero eso de verdad va en serio? – Preguntó Óscar – ¿Tenemos que traer pasteles a clase para él?”

“Claro que va en serio, te lo llevo diciendo todo el año – le dijo Rubén – y más vale que traigas algo, yo sólo te advierto”.

“Todavía no me lo creo…”

“Es un gran tipo, espero que nos toque también el año que viene” dijo Miguel Ángel.

“Sí, es cierto, aún nos queda un año más, una oportunidad más para tener la suerte de aprender cosas útiles y a reflexionar por nosotros mismos” dijo Rubén.

“Ey, hermano – irrumpió Jesús mientras le echaba la mano por encima del hombro a Óscar – ¿Vais a veniros el día que nos vamos por ahí para celebrar que se acaba esta porquería?”

“Claro” respondieron todos los que estaban cerca.

“¿Tú vas a traerte a Sandrita, Jon?”

“No, voy solo. Es más divertido. Por cierto, ¿qué te ha pasado para dormirte en clase?”

“Bah, he tenido movida con mi vieja y no he dormido en casa. Bueno, ¿sabéis seguro donde vamos a ir?”.

“A mí eso me da igual, me conformaré con lo que decidáis. Ahora tengo algo que hacer en el pasillo, ¡hasta ahora!” dijo Rubén y salió del aula.

Mesa avanzaba por el pasillo, cuando vio a uno de los hombres que le saludaron por la mañana, el más viejo, hablando con uno de sus alumnos, un chico alto, grande, con los ojos de color azul hielo, el cabello rubio y corto, y la piel blanca.

“Me interesa tu reflexión, Daniel, continuaremos hablando el próximo día” le dijo sonriendo y se dispuso a marcharse, cuando vio a su compañero de departamento.

“Tengo un par puros de importación, ¿quieres probarlos, Mesa?”

“Será un placer”.

Bajaron juntos comentando sus últimas experiencias hasta una sala apartada que había especialmente habilitada para los fumadores, donde encendieron los puros y no tardaron en llenar la sala con una nube de humo.

“¿Sabes, Mario? Creo que al fin lo he encontrado”.

“¿El qué?” le preguntó mientras daba una profunda calada al puro.

“Mi sueño”.

“¿En serio? ¿Dónde? ¿En 1º E?”

“Sí, o eso creo”.

Al día siguiente, los rumores ya habían llegado al resto del profesorado, donde empezaban a despertarse las envidias y los resentimientos entre las sombras.

“¿Lo habéis oído? ¡Mesa quiere hacerse director!”

“¡Maldito hijo de puta! ¡No tiene plaza fija y quiere estar por encima de nosotros!”

“¡Como no tiene vida propia, quiere manejar la de los demás!”

“¿Qué se puede esperar de alguien que no da ni 18 horas de clase a la semana? Así claro que tiene tiempo para tratar de hacerse director”.

“Tranquilos, no lo conseguirá – dijo la sombra de una mujer bajita, con el pelo corto, gafas y una voz aguda y punzante – Sólo tengo que hacer una llamada. No os preocupéis, haré que desaparezca y que su recuerdo se extinga de la memoria de todos los alumnos, para siempre… Será como si nunca hubiera estado aquí”.

“¡Jajajaja! – rieron las demás sombras – ¡Era de esperar de nuestra jefa de estudios!”

Ese día, Mesa empezaba su jornada laboral como cualquier otro, pero en vez de ir al edificio de siempre, atravesó el parking y llegó a otro edificio más pequeño. Allí, busco un aula etiquetada como 1º A, donde una profesora estaba en la puerta esperándole.

“Buenos días, te estaba esperando, pasa. La clase es toda tuya”.

“Gracias” dijo y entró en el aula.

Cuando entró, un montón de niños no tan niños correteaban por la clase sin control. La otra profesora dio una voz y consiguió calmarlos y que se sentaran en sus sitios. La clase estaba llena, salvo un pupitre que estaba vacío y todos lo miraban de vez en cuando como si echaran en falta a quien se sentase allí.

“Hoy empieza un programa contra el acoso escolar – comenzó por fin – Hasta ahora tanto los profesores como los alumnos habían dejado de lado el acoso escolar, calificándolo como un problema aislado y que no era posible erradicar. Pero eso va a cambiar. Ahora, cuando veáis un caso de acoso escolar, me lo decís, ya sea personalmente y por cualquier medio anónimo y, una vez identificado el acoso, llamaré a casa del acosador y diré sólo una cosa. Se acabó el acoso. Si el acoso cesa, ahí quedará la cosa, pero si el acoso no cesa, informaré a las autoridades para que se lo lleven a un correccional, y si es mayor de edad, a la cárcel, así de simple”.

Los chicos se quedaron absortos por la frialdad y la crudeza de aquellas palabras, pero a muchos les convenció la idea. Se fue y continuó dando la misma charla en todas las aulas del edificio hasta que llegó la hora del examen de 1º E, momento en el que tuvo que dejarlo por ese día.

Cuando llegó a la clase, después de cambiar de edificio y subir las escaleras hasta la última planta, los alumnos esperaban su advenimiento alrededor de la puerta, con las hojas de apuntes en las manos y correteando de un lado para otro como sus compañeros del curso más bajo en un día normal.

“¡Ya viene! ¡Ya viene!” gritó Roberto.

Una vez estaban todos dentro, el examen estaba por comenzar, el profesor ya había cerrado la puerta y se disponía a repartir las hojas, cuando llamaron a la puerta.

“¿Se puede?” dijo un alumno que llegaba tarde.

“Jon, hijo, pasa, pero antes tienes que decir, la contraseña. El profesor de filosofía está más guapo cada día”.

“El profesor de filosofía está más guapo cada día” dijo medio sonriendo mientras se reía toda la clase.

“Vale, pasa”.

Otro alumno estaba detrás, y también solicito el acceso al aula.

“Fernando, di la contraseña. El profesor de filosofía está más guapo cada día”.

“El pro… No. No puedo decir eso. Es demasiado”.

“Pero si no pasas no haces el examen”.

“No creo que importe, iba a suspender igual…” dijo y se fue.

El examen se desarrolló con normalidad, los alumnos realizaron su examen en silencio, salvo Miguel Ángel que levantó la mano para preguntar algo, en un tono tan bajo que nadie lo oyó, pero si se oyó la respuesta que le dio el profesor.

“Yo no corrijo exámenes mientras los estás haciendo”.

Al terminar el examen, se fue, y se cruzó en el pasillo con otro de los que le saludaban por la mañana, el hombre joven y bajito.

“La jefa de estudios, la señora Robledal, quiere verte” le dijo uno de los compañeros que sí le saludaba”.

“Voy ahora mismo, gracias Abelardo”.

Aprovechó que bajaba a dejar los exámenes en su casillero para pasar por el despacho, pues le pillaba de camino. Llamó antes de entrar, pero escuchó que le dieron permiso para entrar desde dentro, como si le estuvieran esperando. En el interior del despacho, una señora bajita, con el pelo corto, piel pálida y algunas pecas, vestida con una bata blanca, le invitó a sentarse.

“Usted dirá” dijo Mesa, temiendo que si le habían llamado era por algo.

“Me da mucha pena darte esta noticia, pero me ha llegado un comunicado del ministerio de Educación informando que ya te han concedido tu plaza definitiva. Desgraciadamente para nosotros, no es en este centro – mintió – y nos entristece que se vaya uno de los profesores más queridos tanto por nosotros como por los alumnos, pero guardaremos un buen recuerdo de ti, sin olvidar todos los años que has pasado en este centro, y sobre todo, todo lo que has hecho por él. Sabemos que tenías muchos planes para este instituto, pero estamos seguros de que alguien podrá hacerlo por ti. Aquí tienes toda la información del nuevo centro al que has sido destinado”.

Al terminar su discurso, la jefa de estudios estaba esperando ver la expresión de su rostro al romper todas sus aspiraciones de golpe, deseaba con ansias disfrutar de ese momento por dentro, pero guardando las formas por fuera. Sin embargo, Mesa no le dio ese placer.

“Ya… Entiendo. Gracias por la información” dijo y cogió los papeles.

Llegó el lunes, y la información sobre su marcha ya estaba en boca de todos. Todos los profesores que habían conspirado contra él celebraban su victoria a escondidas, por fin habían conseguido que aquél que sacaba a la luz su incompetencia desapareciera, y podían seguir siendo tan inútiles malos profesionales como siempre, y ya sin temor a que nadie les hiciese sombra.  

Cuando Mesa entró por la puerta, su amigo Abelardo le esperaba impaciente.

“Me acabo de enterar de lo que ha pasado, ¿qué vas a hacer?”

“Nada” respondió fríamente.

“¿Cómo que nada? Sabes que ha sido un complot, ¡tienes que detenerlos! ¡Este instituto te necesita! ¡Puedes hacer mucho por él! ¿Y vas a dejar que te echen?”

“Abelardo, ¿recuerdas como murió Sócrates?”

“Claro que lo recuerdo. Le condenaron a muerte injustamente por corromper a los jóvenes, pero en la celda dejaron la puerta abierta junto con el veneno. Podría haber escapado, pero eligió aceptar la condena y se bebió el veneno por propia voluntad”.

“Y sabes por qué hizo eso, ¿verdad? Lo sabes tan bien como yo”.

“Sí, pero, aún así, ¿vas a dejar que ocurra la misma injusticia dos veces en la historia?”

“Como profesor de filosofía, será un honor acabar igual que Sócrates. Ahora, si me disculpas, tengo una fiesta de los pastelitos”.

Subió las escaleras dejando a su amigo atrás, y volvió a dirigirse a 1º E, donde todos los alumnos tenían diversos dulces sobre la mesa, desde bombones, pastas, pasteles, hasta tartas de preparado rápido. Él dejó las cosas sobre la mesa como de costumbre, pero en esta ocasión, en vez de sacar el aparato para pasar lista, sacó un cubierto de plástico. Se paseó por la clase asegurándose de que todo el mundo había traído algo.

“¿Se lo piensa comer todo él solo?” insistía Óscar de nuevo.

“Calla pesado” terminaron diciéndole sus compañeros de alrededor.

Finalmente probó la tarta que le pareció más suculenta y tras un gesto de satisfacción al fin dijo algo.

“Comienza la fiesta de los pastelitos, ¡todos a comer!”

“¡Ves! ¡Por eso te decíamos que te callaras!” le dijo Rubén a Óscar riendo.

Todos se pusieron a comer de lo que habían traído los demás, mientras el profesor observaba lo fácil que le había resultado regalarles un momento de felicidad.

“Mientras repartiré las notas de los exámenes, que por cierto, sois una clase muy rara, porque en la pregunta de los sueños, para una vez que os dejan pensar mal, todo el mundo se me pone a hablar del amor”.

Cuando todos estaban llenos de dulce, disfrutando felices de sus últimos días de estar juntos en la misma clase, el profesor les llamó la atención.

“Quiero haceros un anuncio de última hora” dijo sonriendo pero serio por dentro.

El tono les sonó extraño a los alumnos, se giraron extrañados y dejaron de engullir por un instante.

“Como sabréis, en este centro tengo una plaza de interino, que significa que sólo estoy aquí hasta que me den mi plaza definitiva”.

“Sí, y ya llevas más de 10 años aquí y aún tenemos la suerte de que no te la dan” dijo Juan Manuel.

“El otro día me informó la jefa de estudios personalmente de que ya tengo asignada mi plaza definitiva en otro centro, lejos de aquí, por tanto, este es mi último año aquí”.

El impacto fue tal que nadie dijo nada. A todos se les habían quitado las ganas de seguir comiendo, habían roto en pedazos los cristales de su brillante próximo año.

“¿Y qué va a pasar con lo de hacerte director?” preguntó Óscar.

“¿Y con el programa contra el acoso escolar?” preguntó Rubén.

“Me temo que ninguno de esos proyectos podrá llevarse a cabo”.

Después de aquello, la fiesta de los pastelitos se convirtió en cualquier cosa menos una fiesta. El hecho de saber que esa era la última vez que tenían aquella clase, y que hicieran lo que hicieran, nunca más podrían revivir aquellos momentos en el futuro, les hundió irremediablemente. El profesor trató de animarlos de nuevo con sus gracias, pero ya no volvió a ser lo mismo. Al terminar la clase prefirió no despedirse, haciendo como si fuese otro día más.

“Y el próximo día… ¡más!” pero no había un próximo día.

Todos se quedaron en silencio, pensando, recordando, sin darse cuenta de que el tiempo pasaba mientras lo hacían, hasta que Abelardo llegó para darles la siguiente clase y los descubrió cabizbajos.

“Os habéis enterado de los de Mesa, ¿no?”

“Sí” respondieron unos cuantos.

“Pues eso no es lo peor. Al parecer es un complot. Mesa estaba ganando demasiada popularidad entre los alumnos, y los demás profesores le tenían envidia, y la envidia se convirtió en odio. Hablaron con jefatura de estudios y según tengo entendido, Golondrina Robledal, la jefa de estudios, tiene contactos con el ministerio y los gobernantes de la comunidad autónoma, y ha movido los hilos para que le trasladen. Por eso ha sido todo tan repentino”.

“¿No jodas?” dijo Fernando.

“Ese hombre es el profesor favorito de todos los alumnos que ha tenido, no creo que haga falta decir que algo así no es fácil de conseguir, resultaba algo bastante obvio que si le echaban, no era por portarse mal”.

“¿Y vamos a dejar que lo echen?” dijo Rubén.

“¿Y qué podemos hacer? – Dijo Ronald – Ese es el sistema, aunque nos manifestáramos, nadie nos haría ni puto caso”.

“Yo os diré lo que podemos hacer. Atentos”.

Abelardo salió de la clase y fue a ver al director, sin previo aviso y sin llamar a la puerta.

“¡Señor director! ¡Necesito que suba a 1º E! ¡Los alumnos quieren hablar con usted!”

“El director no está para atender las nimiedades de los alumnos – dijo con aires de superioridad – Que vaya cualquier otro. ¡Y deja de molestarme!”

“¿No querrá que piensen que cuando hay un problema el director sale corriendo? Eso afectaría a la reputación del instituto”.

“Está bien… Ya voy… Más les vale que sea importante… Mi tiempo vale dinero, ¡y mucho!” dijo hablando solo mientras Abelardo le observaba alejarse.

“El resto os lo dejo a vosotros, chicos, ¡suerte!”

El director entró en la clase de 1º E, donde los alumnos le esperaban pacientemente.

“Abelardo me ha dicho que queríais decirme algo importante, que sea rápido”.

“Somos los clientes de este mercado llamado enseñanza, puede que nuestra opinión no sea la única que deba contar, pero sí es importante – dijo Rubén – Si no quieren escucharnos, haremos que nos escuchen, ¡Miguel Ángel!”

Su compañero cogió una pistola de silicona previamente preparada para el gran día, cerró la puerta del aula y selló tanto la cerradura como las juntas de la puerta con silicona, bloqueando el acceso.

“¿Qué estáis haciendo?”

“Sólo justicia” le contestó y todos los alumnos sacaron armas de varios tipos y apuntaron contra el director. Simón sacó un teléfono móvil y se lo dio al director.

“Creo que ya conoce el procedimiento. Seguro que ha visto muchas películas”.

“¡¡¡¿Qué han hecho qué?!!! – Gritaba Golondrina Robledal al otro lado del teléfono – ¡¡¡¿Secuestrado?!!!”

“Sí, y aún no sé lo que quieren…” continuó hablando el director pero Simón le quitó el teléfono.

“Queremos que anuléis el traslado del Mesa y que convirtáis su plaza en este instituto en fija”.

“¡Yo no puedo daros eso! ¡Esas cosas las decide el ministerio! ¡Estáis perdiendo el tiempo! ¡Soltad al director si no queréis que llame a las autoridades!”

“Ese es tu problema – le dijo Simón – Si has podido arreglártelas para que lo echen, estamos seguros de que también puedes hacer que le hagan fijo” terminó y colgó el teléfono sin dejarla responder.

“¡¡¡Mierda!!! ¡¡¡Malditos críos!!! ¡¡¡Rápido!!! ¡¡¡Desalojad el centro!!!”

Al cabo de unos minutos, el exterior del edificio estaba lleno de coches patrulla, helicópteros militares e infantería apuntando contra las ventanas.

“¡Atención! ¡Secuestradores! ¡Os hablan las fuerzas de seguridad nacional! ¡Rechazamos todas vuestras exigencias! ¡Rendíos o abriremos fuego sobre vosotros!”

“¿No les importa que tengamos un rehén?” dijo Jose Miguel.

“Eso es que se creen que no vamos en serio – dijo Jesús – Es algo fácil de arreglar”.

Cogió al director por el cuello de la camisa y le empujó contra la ventana de una patada en el culo. El director se dio de frente con el cristal de la ventana, rompiéndola con la cabeza, y los cristales punzantes se le clavaron en el cuello, provocándole graves heridas.

“¿Lo habéis visto? – gritó Jesús desde la ventana – Si no os dais prisa en hacer lo que os hemos dicho, el viejo este morirá desangrado”.

El director vio por la ventana a todos los profesores que le veían agonizar, e identificó a Abelardo.

“Ha… ¡Ha sido él! – Gritó mirándole fijamente – ¡Él es cómplice de los alumnos terroristas!”

“¡A por él!” gritó la jefa de estudios.

Los militares le rodearon y terminaron acribillándole con rifles AK-47 sin ninguna piedad, por orden de Golondrina Robledal.

“¡¡¡Noooo!!! ¡¡¡Abelardo!!!” gritó Miguel Ángel.

“No tienen bastante con destruir nuestra educación, tampoco quieren dejar testigos de sus fechorías…” dijo Roberto.

Víctor vio como un francotirador apuntaba a la cabeza de Miguel Ángel, que seguía mirando el cuerpo inerte de Abelardo, y se tiro hacía él para librarle de una muerte segura.

“¡Vi-Vive por él! ¡No dejes que su muerte haya sido en vano!”

“Gracias, compañero”.

“Vamos a ver si nos damos prisa – dijo Jesús – que luego tenemos que irnos por ahí, que no se os olvide” les recordó a todos y rieron.

Quitó al director de la ventana para que no se muriera y le tiró al suelo, cayendo desmayado.

“¿No te lo habrás cargado?” le preguntó Paula.

“Bah, si les da igual tanto su vida como la nuestra. Nadie le va a echar de menos”.

“Eso es cierto, parece que no les importa mucho que muera el director con tal de matarnos a todos – dijo Pablo – Quieren darle una lección a la sociedad”.

De repente una ametralladora destrozó una de las ventanas a tiros, poniendo en peligro a todos, e hiriendo a Marta. Miguel Ángel se lanzó a por el que había disparado a pesar de que estaba en un segundo piso y varios compañeros tuvieron que sujetarle.

“Cálmate y déjanoslo a nosotros” dijo Jon.

Se asomó lo justo por la ventana y debajo vio un militar con ametralladora. Tan veloz como el rayo, se asomó más y le lanzó un cuchillo a la mano con la que apretaba el gatillo.

“¡Hala! ¡Uno que no volverá a disparar!”

“Están dispuestos a matarnos si es necesario – dijo Quesada – Es posible que alguno de nosotros no salga vivo”.

“Todos los grandes cambios en la historia han venido acompañados de grandes derramamientos de sangre – dijo Rubén – Si hoy estamos aquí, es gracias a todas esas personas que dieron su vida para defender su causa. Es hora de que les devolvamos el favor”.

Una granada apareció por la ventana, rompiendo el cristal, y cayó a los pies de Paula.

“¡Cuidado!” gritó Laura.

En vez de pararse a gritar también, Ronald le dio una fuerte patada a la granada, haciendo que volviera por donde había venido. La golpeó con tal fuerza que estalló en medio del cielo, cuando aún le faltaba bastante para caer al suelo.

“Casi no lo contamos…” dijo Beatriz.

En el exterior, las fuerzas de seguridad ponían al tanto de la situación a la jefa de estudios.

“Hemos colocado una bomba en el techo del aula que está en la misma posición, una planta más abajo. Tenemos planeado detonarla y acabar así con todos los terroristas, pero pondría en peligro la vida del secuestrado.

“¡Háganlo! ¡La prioridad es enseñar a todo el mundo que debe cumplir las normas, aunque les parezcan injustas! ¡Debemos impedir que un comportamiento así vuelva a repetirse! ¡Aunque cueste unas cuantas vidas!”

“¡Pero muchos de ellos son menores! ¡Ya hemos matado al profesor que les ha ayudado! ¿Para qué hace falta matarles a ellos?”

“¡Escucha! ¡Perro del ejército! ¡No sabes con quién estás hablando! ¡No tienes ni idea de a quien conozco! ¡Si yo quiero, hago dos llamadas y mañana estás en la puta calle! ¡Y me aseguraré de que no vuelvan a contratarte ni para barrendero en un barrio marginal! ¡Así que si no quieres que la puta de tu mujer te deje y siga tirándose a tus compañeros sin que te enteres y continúes viviendo en tu feliz mentira, será mejor que me hagas caso!”

“Sí, señora. Como ordene. De todas formas, aún tenemos otra bomba por si prefiere que derribemos una fachada o el techo y les asaltemos por allí”.

“Si utilizo esa bomba para abrir un agujero en la pared lateral y que puedan arrestarlos, ¿me prometen que no les mataran?” intervino Mesa.

“Tú cállate, ¡todo esto es por tu culpa! ¡Has envenenado las mentes de esos jóvenes! ¡Me voy a ocupar personalmente de que no vuelvas a dar clase en ningún centro educativo en todo el planeta”.

“Claro, lo mejor es educarles para que no piensen por sí mismos, que es lo que interesa, así, en vez de crear nuevas ideas e inventos, se dedicaran a copiar nuestros errores. Sé que tengo parte de culpa en lo que está ocurriendo, por eso quiero aceptar mi responsabilidad, ¿puedo o no puedo usar esa bomba?”.

“El problema es que esa bomba que nos queda no tiene control remoto. Hay que activarla manualmente. Moriría usted con ella”.

“Está bien. Mejor eso que desperdiciar un mayor número de vidas”

“¿Estás loco? – Le dijo su amigo Mario, con el que fumaba puros, que también estaba cerca – ¡Nadie tiene por qué morir hoy aquí, ni tú ni ellos! ¡Lo que tienen que hacer es retirarse las Fuerzas de Seguridad y negociar con los chavales! ¡Seguro que lo podemos arreglar hablando!”

“Si hay alguna cosa que nos guste de ti a todos, Mario, es ese gran corazón que tienes – le dijo su amigo – Pero desgraciadamente, las cosas no siempre se pueden arreglar así”.

“Cuando llegue al punto en cuestión, sólo tiene que apretar el botón rojo” dijo y le entregó el explosivo.

“Gracias por todo” fue lo único que dijo y partió hacia el interior del edificio.

“Tú… Perro del ejército. Quiero que programes la otra bomba para que explote cuando lo haga esa, ¿entendido?”

“Pero ese hombre dijo que sacrificaría su vida si no matábamos a los chicos”.

“Me da igual lo que haya dicho, ¡tú calla y obedece!”

En el aula de 1º E, las cosas empezaban a complicarse.

“Este tío está muerto” dijo Beatriz mientras trataba de tomarle el pulso.

“De poco nos servía de todas formas” dijo Fernando.

“¡Mirad! ¡Ahí está Golondrina Robledal! ¡La culpable de todo esto!” gritó David Rodrigo.

“¡Normalmente serás un mentiroso, pero esta vez has dado en el clavo!” dijo Adrian.

“¡Es mía!” exclamó Rubén y disparó contra ella con una ballesta.

La flecha de la ballesta acertó en la clavícula de la jefa de estudios, tirándola al suelo, pero no alcanzó ningún punto vital.

“¡Mierda! ¡He fallado!”.

En el ahora solitario pasillo, Mesa paseaba por última vez, recordando todos los buenos momentos que había pasado enseñando en aquél centro educativo.

“Así está bien… – dijo colocando la bomba – Esos jóvenes no tienen que cargar con el peso de mis actos. Si no se puede cambiar un instituto, mucho menos un país. Nadie les entenderá, nadie les apoyará, y acabaran matándolos si no hago esto. Perdonadme, alumnos míos, y gracias” terminó y pulso el botón.

Tal y como había planeado la jefa de estudios, las dos bombas estallaron a la vez, envolviendo a todos en una nube de fuego. Al estar las ventanas abiertas por el tiroteo, la onda expansiva salió a través de ellas, impidiendo el derrumbe total del edificio, pero el aula, al ser devastada por dos lados, se vino abajo, arrastrando a los alumnos que habían sobrevivido a la explosión al abismo, mientras los escombros les aplastaban y enterraban cuando el impacto contra el suelo no era suficiente para acabar con ellos.

“Se acabó la rebelión”.

Una persona parecía haber sobrevivido. Rubén levantó con esfuerzo una piedra que tenía sobre las piernas, y medio arrastrándose, con la vista nublada, sin sentir casi ninguna parte de su cuerpo, empezó a susurrar los nombres de sus compañeros, pues no tenía fuerzas ni para gritar. Echando una ojeada, observó los cadáveres de sus compañeros, totalmente aplastados por los escombros, otros parcialmente mutilados, e incluso algunos habían desaparecido, consumidos por el fuego de la explosión. Ninguno de ellos respondía a su llamada, todos habían caído, y a él no le quedaba mucho tiempo. Tampoco había rastro de Mesa, ni del secuestrado director. La jefa de estudios, sin embargo, victoriosa en toda regla aunque herida, sacó una pistola calibre 38 de debajo de su bata y acercó al moribundo alumno, que la miró a los ojos con odio.

“¡No lo hagas! – le gritó Mario – ¡Ya ha habido suficientes muertes!”

“Así aprenderéis – dijo mientras apuntaba a su frente – Que ningún grupo de críos en la historia ha podido jamás conseguir algo significativo” dijo y apretó el gatillo. 

6 comentarios:

wancho dijo...

mola, esta bien... podria haber pasado jaja.

jesusito dijo...

hay momentos que parecia que estaba viviendo aquellas clases, luego ya se transformo la historia y le dio un toque de accion y fantasia que no a quedado nada mal

Jon dijo...

jajajaja, muy bueno si señor, me he reido mucho recordando esas clases, desde luego no he tenido nunca un profesor como él, la histria de despues ha sido como me habias dicho basada en hechos reales pero como una pelicula, quizas has metido demasiada ficcion pero ha estado muy bien.

todas las formas convexas al órgano genital femeninas(femenino)
Tengo un par puros de importación, ¿quieres probarlos, Mesa?”(un par de puros)
“Os habéis enterado de los de Mesa, ¿no?”
(de lo de Mesa)
Un saludo a todos
P.D Una pregunta,¿¿no guarda ninguna relación este pasado con la historia de los caballeros no??

Mana_Rubén dijo...

Perdona Jon xD No había leído tu pregunta hasta que me puesto a corregir los fallos (como nunca pones nada después de los fallos xD)

Buena pregunta!!! No quiero hablar más de la cuenta ni hacer spoiler a nadie, así que este comentario que cada uno lo lea bajo su propia responsabilidad xD si tu pregunta es si este pasado guarda relación con la historia en el sentido de que al ser el pasado de Mesa sus acciones actuales están determinadas por lo ocurrido aquí, obviamente sí, de hecho Mesa menciona en el capítulo sobre su sueño hablando con Mario, y es el mismo que se menciona en el ep 65 cuando están hablando con El Señor Oscuro, solo que aún (falta poco) no se ha revelado.

Pero si tu pregunta es si este pasado afecta directamente al resto de los personajes de la historia, es que estás dando por hecho que son "los mismos" xD y eso no se ha dicho en ningún momento, y aunque fueran "los mismos" sabes que faltan los referentes de Fidel, Verónica e Isabel, por tanto ya no se podría dar un "rollo Digimon" (para el que lo entienda, que te dicen que son los niños elegidos porque todos estaban en el mismo sitio cuando ocurrió cierto incidente y son los únicos testigos de ello), todo ello suponiendo también que no considerases relevantes las apariciones de los secundarios, porque de serlo, ya podrías deducir que no hay relación, al existir referentes de personajes que sólo conocen a Mesa por esta historia. Pero como son demasiados suponeres, lo único que puedes hacer para despejarlos es seguir leyendo xD

Hilda dijo...

Ha sido genial,por unos momentos yo también estaba comiendo pastelitos en 1ºE con todos vosotros.
Me ha encantado y pienso que has retratado estupendamente lo más característico de cada uno,tanto físico como peculiaridadeas personales:Pablo,Abelardo,Jesús,Miguel Ángel,tú mismo´,etc,,,
Me ha divertido mucho y me ha emocionado al mismo tiempo,y es que MESA es el héroe capaz de enseñarnos a perder el tiempo con dignidad .
Muy bonito homenaje.
¡Ojalá lo lea!
Un saludo
Besitos

Anónimo dijo...

Nunca he tenido clase con Mesa, pero un buen capitulo donde un lector que no haya vivido la historia queda un poco superflua